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Coomaraswamy,
Ananda K:
SOBRE
LA DOCTRINA TRADICIONAL DEL ARTE.
José J. de Olañeta ed. Palma de Mallorca, 2001:
ARTE
ASIÁTICO
(Asiatic Art publicado por primera vez por la New Orient
Society of America en 1938)
Al
contemplar el arte de Asia en conjunto hay que comprender ante todo
que no representa simplemente otra clase de arte, sino un arte genéricamente
diferente de lo que hemos llegado a entender por «arte» en los
tiempos modernos. Somos demasiado propensos a cometer el error de
considerar cualquier ejemplar de arte asiático de la misma manera
en que consideramos la obra personal de un artista exhibida en una
exposición, olvidando que la obra asiática, ahora separada de su
ambiente, nunca se hizo más que para ser usada, ni para ser
mostrada en otro lugar que aquél al que estaba destinada. De
hecho, existen, como se ha señalado a menudo, dos clases de arte
muy diferentes, una de las cuales es constante y normal, y la otra,
variable e individualista. Las artes tradicionales y normales son, hablando en términos generales, las de Asia en
general, las de Egipto, las de Grecia hasta el final del período
arcaico, las de la Edad Media europea, y las designadas
colectivamente como artes de los pueblos primitivos y arte popular
de todo el mundo. Las artes anormales son las de la decadencia clásica
y de la Europa posrenacentista.
La obra de arte asiática siempre se ha
producido según las circunstancias, es decir, para satisfacer una
necesidad humana específica. No puede establecerse ninguna distinción
estricta entre un arte bello e inútil y un arte aplicado y útil,
ni hay nada semejante a un arte puramente decorativo en el sentido
de una mera tapicería sin significado. Todo lo que podemos decir es
que en unas obras predominan los valores físicos y en otras los
espirituales, pero esos valores nunca son mutuamente exclusivos.
Tampoco se puede hacer ninguna distinción lógica entre las artes
cultas y las populares; la diferencia que hay entre ellas es de
elaboración, y a veces de refinamiento, más bien que de
sofisticación o contenido. En otras palabras, aunque podemos
encontrarnos con leyes suntuarias, correspondientes a la jerarquía
funcional, las necesidades fundamentales de la vida, ya sean físicas
o espirituales, son las mismas para todas las clases. Por tanto, los
usos y significado de las obras de arte nunca necesitan ser
explicados, pues el artista no es distinto del hombre más que por
la posesión de un conocimiento específico y una técnica específica.
Hasta
cierto punto, las diversas artes podían ser practicadas por
cualquiera: por ejemplo, en la India medieval, se consideraba
esencial para la educación un grupo de «sesenta y cuatro artes»
de tipos muy diferentes, y la pintura secular en particular era una
habilidad aristocrática tanto de hombres como de mujeres. Del mismo
modo, la «literaria» pintura de paisajes taoísta de China, aunque
a menudo era practicada por muchos miembros o generaciones de una
misma familia, no era, estrictamente hablando, una actividad
profesional, sino libremente elegida. En general, sin embargo, la
sociedad asiática está firmemente basada en la vocación, y sólo
puede entenderse desde el punto de vista de la vocación; la práctica
y las tradiciones de las diversas artes descienden en una sucesión
de maestro a discípulo, de una generación a otra, en la que el
padre inicia al hijo en los misterios del oficio. Esta última
expresión, al igual que en la Europa medieval, implicaba mucho más
que una instrucción meramente técnica, pues la práctica de
cualquier arte transmitido de forma tradicional es, esencialmente un
rito no era simplemente un medio de ganarse la vida, sino una
manifestación ordenada de las facultades espirituales interiores de
la persona en cuestión, cuya libertad —la «justicia a cada
hombre tal como es en sí mismo» de Platón—consiste
en el hecho de que su propia naturaleza, según la cual ha nacido en
una determinada condición, es la que determina sus actividades
funcionales y halla expresión en ellas. La vocación es, pues, el
privilegio y el derecho peculiar de todo trabajador, para quien sólo
la función dada es legítima; de aquí que, por ejemplo, el que
alguien que no fuera miembro de un gremio hereditario de arquitectos
trazara el plano de una ciudad haya sido considerado en la India
como algo comparable al asesinato, y si tenemos en cuenta la
naturaleza de la manera actual de construir mediante contratistas,
por lucro más bien que «por el bien de la cosa que hay que hacer»,
puede parecer razonable, incluso para nosotros, considerar el
trabajo de los arquitectos irregulares como algo no menos peligroso
que el de los médicos faltos de preparación. En Asia, sin embargo,
estos principios valen tanto para la pintura o la música como para
cualquier arte más «práctico»; sólo en el Occidente moderno
pueden las necesidades del alma y del intelecto abandonarse «sin
riesgo» a la sensible merced del aficionado.
El
arte de Asia muestra diferenciaciones y secuencias estilísticas, y
se ha visto afectado más de una vez por influencias europeas. La
variación estilística corresponde en primer lugar a la
peculiaridad étnica, y en segundo lugar a la caracterización psíquica
siempre variante, históricamente hablando, de los pueblos en cuestión.
Decimos pueblos, más bien que individuos, porque en el tipo de arte
que estamos considerando el artista nunca explota conscientemente su
personalidad, sino que simplemente deja en su obra la huella de su
carácter de la misma manera que la idiosincrasia se revela en la
escritura. Esta comparación es adecuada, porque en el Lejano
Oriente, donde al arte de escribir, la caligrafía, se le ha dado
una categoría al menos tan alta como al de la pintura, y muy por
encima de la escultura, lo que puede llamarse el «estilo» es el
mismo durante largos períodos, y se necesita la mayor experiencia
posible para distinguir la obra de un escriba de la de un contemporáneo
suyo; las diferencias que se pueden reconocer no son de gusto
personal, sino que representan grados de aproximación a una pauta
o canon de perfección que es el mismo para todos. Lo mismo se
aplicaría a otras artes, como por ejemplo la de la danza, en la que
la diferencia entre el bailarín superior y el inferior la
constituyen los grados de virtuosismo, y no distinciones de tema o
manera. El estilo siempre es, pues, el accidente y no la forma del
arte: los problemas de estilo son cuestiones de importancia más
bien psicológica e histórica que artística. Las preferencias
estilísticas son una cuestión de gusto, y no pueden convertirse en
la base del juicio. La imagen es de aquél de quien es imagen, no de
aquel que la ha
hecho.
El
problema
de las fuentes es algo más complicado. En la medida en que las «influencias»
son patentes en una obra dada, es evidente que nos encontramos con
algo que no es realmente una unidad, ni está expresado
adecuadamente, sino con una composición o un híbrido que no
puede considerarse seriamente desde el punto de vista de ninguna de
las fuentes implicadas. Así como las fórmulas no pueden ser
transferidas sin incongruencia de una religión a otra, tampoco
pueden extraerse de una tradición artística para ser incrustadas
en otra; la consistencia simbólica es una condición primordial
de la integridad. Esto es cierto sobre todo cuando nos encontramos
con la composición de elementos no derivados tan sólo de dos
estilos étnicamente diferentes, sino de dos clases de arte
completamente distintas en fases de desarrollo muy diferentes; lo
cual es precisamente lo que ha ocurrido en los dos períodos, el
helenístico y el moderno, en que el arte asiático ha sido afectado
por influencias europeas, con resultados comparables en
insignificancia a los productos del estilo chinesco europeo y al
arcaísmo y primitivismo modernos.
Así
pues, podemos dar por sentado que una obra asiática que revele
cualquier parecido evidente con algo europeo será la última fuente
que nos pueda hacer comprender las verdaderas preocupaciones de ese
arte. Por el contrario, justamente cuando el arte asiático es más
semejante en género al europeo, cuando más se asemeja al arte
griego arcaico, al bizantino o al románico, es cuando los parecidos
superficiales son menos reconocibles. Tenemos aquí dos estilos de
arte necesariamente diferentes, diferentes porque si bien todos
podemos pensar los mismos pensamientos, sólo podemos expresarlos a
nuestra manera; estilísticamente diferentes, pero esencialmente
iguales, porque persiguen los mismos fines y proceden de la misma
manera, de las causas formales a la información del material. Tanto
en el arte asiático como en el medieval, la razón de ser es el
tema (gravitas, artha) fundamental de la obra, y debemos
captar ese tema si nos proponemos comprender y no meramente que la
obra nos guste o no nos guste. Un divorcio de la belleza con
respecto a la verdad es inconcebible, «la belleza tiene que ver con
la cognición». La belleza de la obra, que es el derecho de
nacimiento de todo lo que está hecho bien y fielmente, proporciona
un deleite legítimo, pero nunca ha sido el fin que se proponía el
artista, a quien no le importaba cuán bellamente sino cuán
inevitablemente expresaba su tema. Todo arte «significativo»
es significativo de algo («significativo» sin un «de» no
comunica ningún sentido); contemplar, las superficies estéticas
como fines en sí mismas no es más que una forma de fetichismo, y
en eso piensa Platón cuando pregunta con tanta pertinencia: «¿Sobre
qué es el sofista tan elocuente?». Precisamente nuestra preocupación
idólatra por las superficies estéticas de las obras de arte
junto con su «historia»,
y
nuestra indiferencia para con su contenido, es lo que obstaculiza
nuestra comprensión de las artes normales del mundo; nuestro
fetichismo es tan ingenuo y está tan arraigado que no hemos dudado
en dar por sentado que todos los demás pueblos han dado culto, como
nosotros, a maderas y piedras, pigmentos y texturas, y, como lo
expresa Platón, «colores y sonidos agradables». Nosotros, que
somos «amantes del arte», olvidamos que, una cosa es adorar una
pintura y otra ver «la imagen que no está en los colores», y por
cuyo motivo existe la obra material. Coleccionar tan sólo por los
valores estéticos es hacer mal uso o infra-usar; una urraca hace
otro tanto. El arte es lingüístico y comunicativo; tiene la
finalidad de «informar» al espectador, quien, no obstante, sólo
puede recibir de él la forma que primero existió como arte en el
artista mediante un acto intelectualmente contemplativo análogo a
aquél mediante el cual la forma fue concebida originalmente. Si, en
efecto, en aquellos que quisieran estudiar el arte asiático, o el
«arte primitivo», se pudiera suponer un conocimiento a prior de
la estética escolástica y la convicción de que el arte no es más
ni menos que «la manera correcta de hacer las cosas», se podría
decir que no haría falta mayor preparación para comprender el arte
asiático; por desgracia, sin embargo, las artes de la Europa
cristiana medieval son en todo respecto, salvo en lo referente a su
historia, aparentemente tan arbitrarias y misteriosas para nuestra
forma de pensar como las de Asia; los modos contemporáneos de
enfocar el arte medieval y el asiático son románticos por igual.
Así
pues, sólo podemos esperar obtener una comprensión real si
consideramos los fines del arte asiático y la manera en que el
artista aborda el problema formal presentado por la exigencia de tas
cosas que hay que hacer de acuerdo con exigencias específicas y
espirituales. Pues, a menos que sepamos para qué era una cosa y qué
se esperaba que comunicase, carecemos de base para el juicio artístico,
el cual consiste en saber en qué medida la cosa en cuestión fue
hecha bien y fielmente, y no es, ciertamente, una cuestión de
gusto, a menos que nuestro gusto haya sido educado en el campo poco
familiar hasta que hayamos aprendido a que nos guste lo que
conocemos más bien que a conocer lo que nos gusta. Todo estudio «objetivo»
y que no compromete a nada, ya sea del arte o de la naturaleza,
empieza y termina con la ignorancia; el conocimiento sólo sustituye
a la observación cuando hay conformidad del conocedor y lo
conocido, sin distinción, en un único acto de ser. Al igual que al
artista se le exige en primer lugar que sea lo que ha de representar
(y Dante coincide aquí literalmente con las prescripciones indias y
chinas), también el espectador, a su vez, sólo puede conocer lo
que se ha representado cuando se convierte él mismo en el tema de
la obra, y ve que ésta lo expresa a él mismo.
El
problema de nuestra educación en arte asiático se traslada,
pues, del campo inmediato del arte al de la cultura general que
encuentra expresión en todas las «artes y en la organización
social. Por el lado material) debemos entender la manera de vivir de
aquellos por y para quienes fueron producidas las obras; por el lado
espiritual, qué sentido y objetivos de la vida se daban por
sentados. Debemos participar de la experiencia asiática,
revestirnos por lo pronto de una constitución asiática y
contemplar el mundo con ojos asiáticos. Por difícil que esto pueda
parecer, no es imposible; y ciertamente es ahí donde residen para
nosotros los valores fundamentales del arte asiático, y no en la
experiencia de nuevas sensaciones visuales, por muy refinadas que
sean, ni en la satisfacción de ambiciones decorativas insospechadas
hasta ahora, ni en modo alguno en la adquisición de nuevos modelos
estilísticos para imitar.
Es
evidente que ciertos ejemplos selectos de arte asiático son técnicamente
admirables, y que muchos se considerarán bellos incluso a primera
vista y desde nuestro parcial punto de vista (todo punto de vista
que sea local y fechable, y que considere las cosas en términos de
pasado y futuro o de cercanía y lejanía, es necesariamente parcial);
pero esto solo difícilmente podría considerarse justificativo de
todos los gastos de tiempo y dinero que implica la presencia en
Estados Unidos de estas obras de arte. Por el contrario, un conjunto
de obras de arte asiático supone un desafío directo a nuestra
suposición demasiado ligera de que el arte es meramente un espectáculo
o en cierto sentido un medio de evadirse de los problemas de la
vida; cada una de estas obras posee un significado y nos advierte
francamente de que ahí hay algo no sólo para ser visto, sino también
para ser conocido, y que poco importa que no hayamos visto si sus
afirmaciones no nos conmueven ni nos cambian. Cada una de estas
obras nos presenta un desafío correspondiente al de Dante, quien
nos asegura que la Divina Commedia fue escrita con fines
completamente prácticos y no por razones «poéticas», y a ese
instinto profundo que preferiría que la Escritura no se leyese o
la Misa no se cantase a que la primera se leyera sólo por sus
valores «literarios» o la segunda se oyera sin «recogimiento».
Pues estas artes no son sentimentales como las nuestras; no son
humanísticas ni naturalistas, ni son ilustraciones de la
literatura, sino que son inteligibles y expresivas de primera
intención, y corresponden a la literatura porque sus referencias últimas
son idénticas; su verdad no es una cuestión de semejanza con las
formas visibles de la naturaleza consideradas como fenómenos no
relacionados, sino con las ideas y significados que están
expresados en esas mismas formas naturales. Desde el punto de vista
chino, la función primordial del arte consiste en revelar la
operación del Espíritu (ch'i) en las formas de la vida; en
la India se ha dicho que todas las canciones por igual, ya sean
sagradas o profanas, se refieren a Dios, y que sólo Él es el
verdadero maestro que revela la presencia del Espíritu supremo (paramâtman)
dondequiera que la mente se aplique; en el Islam, lo que la voz
humana y el laúd imitan es la música de las esferas, y toda forma
hermosa, ya sea de la naturaleza o del arte, deriva su belleza de
una fuente supramundana. No es necesario decir que estas
concepciones del mundo como teofanía no se pueden distinguir en
nada de las basadas en las tradiciones platónica y escolástica.
Con otras palabras, la belleza de las superficies estéticas, o de
las formas naturales que ellas pueden o no recordarnos, es siempre
un bien, pero no un bien final; las obras de arte son como nueces, a
las que hay que despojar de su hermosa cáscara material si se
quiere ver la imagen que no está en los colores, lo mismo que para
encontrar a la naturaleza tal como es en sí misma (esa naturaleza
cuyo modo de operar es imitado en el arte) «hay que hacer añicos
todas sus formas». Los propios objetivos del arte son en el fondo
iconoclastas; y en este sentido las formas de arte antropomórficas
y naturalistas son las menos artísticas, puesto que no forma parte
de los procedimientos de la naturaleza el imitar sus propios
efectos; y el artista es comparado al Arquitecto Divino
precisamente, en este respecto, en que no opera por medio de ideas
externas a él, sino «por una palabra concebida en su intelecto»,
y juzga de lo que las cosas deben ser, no por la observación, sino
«por sus ideas», que ante todo debe concebir en formas imitables.
La perfección del arte se alcanza, pues, realmente cuando la
operación intelectual, el arte en el artista, por el cual él
trabaja, resulta en la forma completa de la obra que hay que hacer,
que entonces se origina sin cálculo en el artista. Y esto es lo que
significa el «vuelo del dragón» chino y la desaparición del
propio artista. Pues si hay una perfección última hacia la que
tienden todas las cosas, la de Alguien en quien las propias formas
del intelecto ya son vidas, aunque no están hechas con las manos
ni con arreglo a ningún modelo externo, hablar de un «arte
creativo» humano significa que la relativa libertad y espontaneidad
de quien está en plena posesión de su arte (esto es, en quien la
forma de la cosa que hay que hacer ya es inmanente con todos sus
detalles) y la «vida» de la propia obra (que es igualmente un
reflejo de la vitalidad de su autor) son verdaderamente imitaciones
de esta naturaleza en su modo de operar y en sus efectos.
Es
de primera importancia, pues, si queremos evitar no comprenderlo en
absoluto, darnos cuenta de que las apariencias que presenta la obra
de arte no son, o lo son sólo accidental e incidentalmente,
evocadoras de percepciones visuales. Aquí no se trata del estudio
de un modelo que posa, ni del registro de efectos de luz pasajeros.
Todos los temas de «género» son ajenos a este arte; el desnudo,
por ejemplo, nunca se representa como un fin en sí mismo, sino sólo
cuando el tema lo exige, y esto no puede explicarse por
consideraciones de tipo moralista en un arte que emplea libremente
el simbolismo sexual con fines doctrinales. Ni siquiera el paisaje
chino es una «vista» tal como lo entendemos nosotros, sino más
bien, y mucho más, una conversación alusiva (y sólo para nosotros
elusiva) sobre los principios conjuntos de la existencia. No debemos
caer en el error común de ver en las artes populares antiguas o en
las asiáticas un intento inadecuado de llegar a ese tipo de
destreza descriptiva que tácitamente suponemos que ha sido la meta
del arte cuando hablamos de una «evolución» o «progreso» en él.
No debemos adularnos a nosotros mismos diciendo que «eso era antes
que supieran nada de anatomía», o quejarnos de que «las» reglas
de la perspectiva hayan sido pasadas por alto, olvidando que
nuestras preocupaciones médicas y topográficas pueden no haber
interesado a aquellos que estamos considerando. No debemos suponer
que aquí la composición» ha sido determinada sólo por una búsqueda
de lo agradable, como ocurre en nuestro caso, sino que debemos
darnos cuenta de que en un arte significativo la composición
depende de las relaciones lógicas entre las partes, y de que si el
resultado es grato no puede ser porque se haya buscado el placer,
sino porque hay principios de orden que son comunes al pensamiento y
a la visión, o, en otros términos, porque la verdad, ya sea matemática
o metafísica, no puede ser expresada de otro modo que con belleza.
No es que todas las artes —incluso las más abstractas —no sean,
estrictamente hablando, «imitativas», sino que en el arte, en
cuanto se distingue de la figuración descriptiva y científica, «la
similitud es con respecto, a la forma», y la mimesis es del tipo
que da por sentada la existencia de simbolismos naturalmente
adecuados, puesto que en esta concepción de la vida las analogías
se suponen en todos los niveles de referencia; y ésta es, en
efecto, la razón por la que las formas aparentemente naturalistas,
por ejemplo las de montañas, nubes o animales, y asimismo
cualesquiera relaciones humanas, pueden emplearse, además de las
formas geométricas, en la comunicación de significados distintos
de los meramente físicos.
Al
considerar una obra de arte no familiar debemos necesariamente dar
por sentada su finalidad, puesto que obrar de otro modo sería
desear que la ocasión de su existencia nunca hubiera surgido. Para
entender su forma presente más específicamente en cuanto
artefacto, y para juzgar de su virtud o verdad artística, debemos
considerar en primer lugar la forma de la obra tal como preexiste en
la conciencia del artista; la cual razón de ser o idea de la cosa
permanece en el artista sea cual sea el destino del objeto (o aun
cuando nunca lo haga), y potencialmente en la naturaleza humana
hasta el fin de los tiempos; y si esto fuera de otro modo tendríamos
que confesar que de nadie salvo del propio artista se podría decir
que hubiera entendido la obra de sus manos. La manera en que es
concebida esta forma imitable del tema será modificada, claro está,
por la naturaleza del material que se deba utilizar: un hombre, por
ejemplo, no se imaginará de la misma manera en piedra que en
pigmento, y una secuencia de experiencias se imaginará de forma
distinta en palabras que en gestos. La imagen de la cosa que hay que
hacer también se verá afectada, como ya hemos visto, por la
naturaleza del hombre que la hace, el cual no puede concebir su idea
salvo a su propia manera. Y, por último, la forma de la obra
acabada habrá sido determinada parcialmente por su mayor o menor
destreza manual, que es su causa eficiente así como su causa
formal; pero también esto, cuando la destreza se da por sentada y
en general todo hombre sabe utilizar bien sus manos, es un factor de
menor importancia. Para resumir, lo esencial para hacer un juicio
del arte es el conocimiento de la forma según la cual fue hecho.
Supuesto
el consentimiento a la voluntad del patrón (cosa fácil en las
sociedades unánimes, en las que la única distinción entre el patrón
y el artista reside en el hecho de que uno sabe lo que hay que hacer
y el otro sabe cómo hacerlo), la operación del artista debe ser
doble, consistente primero en una actividad intelectual mediante la
cual la forma apropiada es concebida y, segundo, en la imitación de
esa forma en ¿material elegido. ¿Cómo se ha obtenido, pues, la
forma y el modelo de la obra que se ha de hacer? Es aquí, más que
en ningún otro lugar, donde podemos decir que reside el «secreto»
del arte. La operación intelectual es fundamentalmente una
actividad, y no una cuestión de «inspiración» o «temperamento»
pasivos; el acto imaginativo es en realidad un ritual, cuyo éxito
depende de una operación precisa. Hasta cierto punto, en efecto, el
rito es idéntico en todos los respectos al del «culto sutil» en
que el objeto de devoción (que en el caso del artista será el
principio del tema u obra que hay que hacer) es visualizado en términos
de una encantación apropiada (o, desde el punto de vista del
artista, unos «preceptos» apropiados). En otras palabras, el
artista concibe en una forma imitable la idea del objeto hacia el
que su voluntad se dirige; si, por ejemplo, piensa en el «agua»
o la «posibilidad», ve una espiral, si piensa en el «fundamento»,
ve un loto, si piensa en la «luz», ve oro, si piensa en el «Mundo»,
ve una rueda, si piensa en el Sol, ve un águila o un caballo, si
piensa en la Aurora, ve una novia, si piensa en el Padre, ve un dragón.
Antes de que se corte el árbol ya tiene una imagen mental clara y
definida de la estatua acabada. Para que esto sea posible, el
artista no debe estar distraído por deseos o pensamientos de sí
mismo, y esto es lo que significa «pintar sin engreimiento en el
corazón». Él debe transferirse en lo que imagina, permaneciendo
él mismo sólo potencialmente. Como lo expresan los libros indios,
debe ser un experto en dhyâna-yoga; la «observación» será
inútil, al no haber nada en el universo que sea, estrictamente
hablando, imitable; no se puede «reproducir» un árbol pensando,
ni las ideas, que no tienen posición local, pueden más que «abrigarse».
Esta
palabra dhâana —en chino ch'an, en japonés zen
y en el yoga cristiano contemplatio— es sinónima de «arte
en el artista», o simplemente «arte» en el sentido de aquello según
lo cual el artista trabaja y de que lo que es hecho es una obra de
arte. El propio mundo es una creación contemplativa —«Él
piensa las cosas, y he aquí que son»—; conocer el verdadero «nombre»
de una cosa es evocarla. Cuando los constructores del altar del
fuego, que es una imitación del cosmos y una síntesis de todas las
artes del mismo modo que una catedral, no saben qué hacer en un
momento dado del proceso, los dioses les amonestan para que «reflexionen».
Como lo expresó también Chuang Tzu, «ver primero mentalmente, y
luego proceder», de acuerdo con la sentencia india posterior, «primero
la visión, luego la tarea» (dhyâtva kuryât): y estos
conceptos de lo que llaman en la estética escolástica las
operaciones artísticas «primera y segunda» o «libre y servil»
se encuentran en toda la literatura asiática sobre el arte. Kuo Hsi,
por ejemplo, dice del pintor que «confundiéndose con las montañas
y los ríos, capta su idea (i), y así la idea del paisaje es
vista en abstracto», y dice también que «captar la idea es difícil»,
lo que nos recuerda un pasaje del Genji Monogatari en que el
héroe observa que no le ha sido fácil representar la «idea» o «intención»
(japonés kokoro, chino z) de las escenas que había
tratado de describir. Todo este punto de vista puede resumirse en
las siguientes palabras de Eckhart: «Para ser expresada
adecuadamente, una cosa debe proceder desde dentro, movida por su
forma» (lat. forma = gr. eidos), o las de Agustín:
«Es por sus ideas como juzgamos cómo deben ser las cosas». El
arte asiático es ideal enteramente en este sentido, y no en el
sentido vulgar de «mejorar la naturaleza». Será de gran valor
determinar la conformidad de estos conceptos con otra peculiaridad
del arte asiático y otras artes tradicionales, peculiaridad que es
adecuadamente definida en el último de los cánones de Hsieh Ho: «Repetir
fórmulas transmitidas». No es raro que el observador moderno
piense que estas artes, en las que se expresan los mismos motivos y
se emplean los mismos símbolos durante períodos de miles de años,
son monótonas, del mismo modo que piensa que una civilización estática
es
inerte y el conocimiento inferior a la investigación.
A
este respecto, el observador moderno, acostumbrado a la idea de la
propiedad intelectual, fascinado y confundido por el atractivo del
genio, y a pesar del robotismo de su propio ambiente, habla de clichés
y de diseños «estereotipados», y ve en la obediencia del artista
una especie de esclavitud, pues es incapaz de concebir lo que
significa «pintar sin engreimiento en el corazón» (Kuo Hsi); toda
la idea de «autoridad» ofende. Podemos dar una respuesta admirable
a esos argumentos con estas palabras de Keyserling: «Casi todo el
Oriente recurre a citas cuando desea dar expresión a una
experiencia personal directa, y esto no significa en su caso, como
sería entre nosotros, ni impotencia ni falta de gusto: significa
que el alma se reconoce una y otra vez en determinadas
manifestaciones eternas, al igual que la Naturaleza se renueva
continuamente en formas idénticas, con originalidad sin merma». De
nuevo nos damos cuenta de cuan cierto es que el arte es una imitación
de la naturaleza en su modo de operar. Pues, así como una primavera
sucede a otra primavera sin monotonía, así también el pueblo en
quien diseños «idénticos» se han transmitido de generación en
generación durante milenios produce todavía cosas del mismo tipo
que nunca son iguales. El artista tradicional no es un arcaísta,
sino que está perfectamente justificado en su convicción de que
las formas de las que hace uso son «suyas»; pues él las ha hecho
suyas. y ningún otro tipo de propiedad de las ideas es concebible.
La prueba de la libertad artística está en el hecho de que incluso
en las artes más conservadoras siempre hay estilos locales y
secuencias estilísticas fácilmente reconocibles; donde el artista
está esclavizado es en el arte académico, y no en las artes
tradicionales. La elección de los temas no es un privilegio del
artista como tal; ésa es la libertad del patrón, y sería
meramente romántico describir la relación normal del artista con
el hombre (expresada en la sentencia de Aristóteles según la cual
«el fin general del arte es el bien del hombre») como una privación
de libertad. El plagiario es aquél que hace de un estilo su patrón,
y no aquél cuyo arte persigue «fines fijos». Podemos hablar
propiamente de «imitación» en
sentido peyorativo cuando la significación lógica de fórmulas que
en ningún sentido son «nuestras» se ha olvidado o negado y el símbolo
se ha convertido en una mera «forma artística» o un «orden» —cf.
los efectos desastrosos que han tenido entre nosotros la danza «oriental»
y la escultura «africana»—. Los ejemplos de esa actividad de
loro abundan entre nosotros; bastará citar la construcción de
edificios de cámaras legislativas, museos y oficinas de correos a
imitación de templos griegos, o la reproducción de «muebles de época»,
en las que se confiesa abiertamente que no tenemos ideas «propias».
No ocurre de otro modo cuando hay una autoexpresión individual y
una novedad calculada; pues cuanto más la naturaleza del hombre se
contrae y se identifica con la variedad, más nos aproximamos a una
mentalidad de rebaño y al mínimo común denominador. Se puede
decir que mientras en las sociedades unánimes hay variedad en la
semejanza, en las sociedades individualistas hay una uniformidad en
toda variedad. Lo que en las artes tradicionales nos parece una
cuestión de memoria y una tediosa repetición es en realidad una
recreación (en los dos sentidos de la palabra); si nosotros no
podemos escuchar sin fatiga la misma historia contada más de una
vez, no es porque al narrador le falte ingenio, sino que ello es un
síntoma de un hastío de hombres de negocios cansados.
Lo
que hemos dicho más arriba respecto al acto imaginativo se describe
tradicionalmente como una derivación de todas las formas de arte a
partir de niveles de referencia supramundanos. La frase india de
que «toda obra de arte, por ejemplo un vestido o un carro, se
ejecuta aquí a imitación de las obras de arte angélicas» casi
coincide literalmente con las de Plotino, según el cual «toda música
es una representación terrenal de la música que hay en el ritmo
del Reino Ideal» y «los oficios como la albañilería y la
carpintería... toman sus principios de ese reino y del pensar en lo
de allá», y con la exhortación del Éxodo, XXV, 40: «Haz todas
las cosas según el modelo que te fue mostrado en la montañas»,
que dio a Tertuliano la ocasión de observar que los querubines y
serafines del Arca «no se encontraron en esa forma de similitud con
respecto a la cual se dio la prohibición (de idolatría)». Los
textos indios prosiguen hablando de los prototipos intelectuales o
angélicos del arte como «conformaciones espirituales» y diciendo
que por medio de las construcciones humanas correspondientes se
efectúa una análoga autointegración (chandomaya) «métrica»,
«luminosa» o «feliz». De hecho, este carácter «rítmico» es
precisamente aquello por lo que quienquiera que participa en un rito
(que siempre es una obra de arte) se eleva por encima de sí mismo
hasta niveles superiores del ser —extensiones del modo humano si
está simplemente «presente», pero incluso a niveles de luz
suprahumana en caso de que «entienda», es decir, en caso de que su
conciencia se conforme real y activamente al contenido fundamental
de la operación implicada por la obra de ritual y arte—. Toda
obra de arte es, de este modo, potencialmente un «soporte de la
contemplación»; la belleza formal de la obra invita al espectador
a realizar por su parte un acto espiritual, del que la obra de arte
física no ha sido más que el punto de parda. En general cometemos
el error de esperar que la obra de arte haga algo a y para nosotros,
en vez de encontrar en ella simplemente el poste indicador de un
camino que sólo puede ser andado por y para uno mismo.
Para
resumir, no podríamos haber intentado aquí nada
semejante a una relación descriptiva o histórica del arte
producido en medio mundo y durante al menos seis milenios; únicamente
hemos tratado de poner de relieve la significación central de la
idea de «arte» en este medio. El arte asiático y otros similares
no son de un tipo diferente de cualquier arte que hayamos visto en
otra parte, sino de cualquiera con el que estemos familiarizados. Y
esto no es tan sólo una cuestión de diferencia étnica y estilística,
sino de una actitud ante la vida y una «Weltanschaung»
completamente distintas de las nuestras. El significado y posible
valor que estas artes tienen para nosotros no reside tanto en lo que
son, según lo cual tenemos libertad para que nos gusten o no, sino
en lo que representan, ante lo cual sólo podemos cerrar los ojos
bajo nuestra propia responsabilidad. Tal como existen, no son más
que fragmentos extraídos de un contexto espléndido, y no pueden
ser entendidas salvo en la medida en que seamos capaces de
reconstruir ese contexto y participar de él, y de llegar a
comprender la necesidad de todas sus manifestaciones
correlacionadas. El producto final del arte asiático es una
organización de la vida a semejanza de un canon eterno; pues todo
el aparato de esta vida, de la que libros o museos, o incluso
viajes, sólo nos comunican una parte muy pequeña, ha estado
condicionada y determinada por un punto de vista según el cual aun
las más humildes necesidades y actos de la vida pueden referirse a
sus razones trascendentales. No queremos decir con esto que haya
algo de ilegítimo o censurable en el goce de estas obras de arte
por lo que son, si tienen atractivo para nuestro gusto o despiertan
nuestra curiosidad; tenemos perfecta libertad para tratarlas como
chucherías ornamentales o como fuentes de información histórica;
el enfoque arqueológico es con toda probabilidad mucho más
correcto que el de nuestra estética psicoanalítica. Sin duda es
cierto que de esos fragmentos aislados de una vida ordenada ya no
podemos hacer uso de la manera en que fueron hechos para ser usados.
Pero, sin embargo, puede ser bueno darnos cuenta de que en el arte
asiático y otras artes similares hay algo más que lo que se ve a
primera vista, y de que lo que se encuentra en esas otras artes que
pueden ser consideradas meramente como formas de entretenimiento,
por muy refinado que sea, y cuyo significado se limita realmente a
sus superficies estéticas es quizá un alimento humano menos que
suficiente.
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