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Calvino,
Italo:
MEMORIA
DEL MUNDO Y OTRA COSMICÓMICAS.
Ed.
Siruela. Madrid, 1990.
(pág.106-117)
LA
ESPIRAL
Para
la mayoría de los moluscos la forma orgánica visible no tiene
mucha importancia en la vida de los miembros de una especie, dado
que no pueden verse entre sí o sólo tienen una vaga percepción de
los demás individuos y del ambiente. Ello no excluye que,
independientemente de toda relación con la visibilidad, existan
estrías de colores vivos y formas que nuestra mirada encuentra bellísimas
(como en las conchas de muchos gasterópodos).
I
¿Cómo
yo cuando estaba pegado a aquel escollo, queréis decir? —preguntó
Qfwfq—, ¿y las olas que subían y bajaban, y yo bien bien
achatado y sorbiendo lo que había para sorber y pensando en eso
todo el tiempo? Si queréis saber de entonces, poco puedo deciros.
Forma no tenía, es decir, no sabía que la tuviera, o sea no sabía
que se pudiese tenerla. Crecía un poco por todas partes, como a
mano viene; si a eso le llamáis simetría radiada, quiere decir que
tenía simetría radiada, pero en realidad nunca le presté atención.
¿Por qué había de crecer más de un lado que de otro? No tenía
ni ojos ni cabeza ni parte alguna del cuerpo que fuese diferente de
cualquier otra parte; ahora quieren convencerme de que, de los dos
agujeros que poseía, uno era la boca y el otro el ano, y que por lo
tanto ya entonces tenía mi simetría bilateral, ni más ni menos
que los trilobites y que todos vosotros, pero en el recuerdo yo no
distingo para nada esos agujeros, hacía pasar las cosas por donde
me daba la gana, dentro y fuera daba igual, las diferencias y los
ascos vinieron mucho tiempo después. De vez en cuando me daban
antojos, eso sí, por ejemplo, de rascarme la axila o de cruzar las
piernas, incluso, una vez, de dejarme crecer los bigotes como un
cepillo. Uso estas palabras aquí con vosotros, para explicarme: en
aquel entonces no podía prever tantos detalles: tenía células,
poco más o menos iguales entre sí y que hacían siempre el mismo
trabajo, tira y afloja. Pero como no tenía forma, sentía dentro de
mí todas las formas posibles y todos los gestos y las muecas y la
posibilidad de hacer ruidos, incluso inconvenientes. En una palabra,
no había límites para mis pensamientos, que además no eran
pensamientos porque no tenía un cerebro para pensarlos, y cada célula
pensaba por su cuenta todo lo pensable todo de una vez, no a través
de imágenes, porque rio las teníamos a nuestra disposición de
ninguna clase, sino sencillamente de esa manera indeterminada de
sentirse ahí que no excluía ninguna manera de sentirse ahí de
otra manera.
Era
una condición rica y libre y satisfecha la mía de entonces, todo
lo contrario de lo que vosotros podáis imaginar. Era soltero (el
sistema de reproducción de ese tiempo no exigía acoplamientos, ni
siquiera provisionales), sano, sin demasiadas pretensiones. Cuando
uno es joven tiene por delante la evolución entera con todos los
caminos abiertos y al mismo tiempo puede disfrutar del hecho de
estar ahí en el escollo, pulpa de molusco achatada y húmeda y
bienaventurada. Si se compara con las limitaciones aparecidas después,
si se piensa que tener una forma obliga a excluir otras formas, si
se piensa en la rutina sin imprevistos en la cual en cierto momento
uno termina por sentirse encajonado, bueno, puedo decir que entonces
se vivía bien.
Indudablemente
vivía un poco concentrado en mí mismo, es verdad, no se puede
comparar con la vida de relación que se hace hoy; y admito también
que fui —en parte por la edad, en parte por influencia del
ambiente— lo que se dice ligeramente narcisista; en una palabra,
estaba allí observándome todo el tiempo, veía en mí todos los méritos
y todos los defectos, y me complacía tanto en unos como en otros; términos
de comparación no los había, hay que tener en cuenta también
esto.
Pero
no era tan atrasado como para no saber que además de mí existía
algo más: el escollo al que estaba adherido, desde luego, y también
el agua que me llegaba con cada ola, pero también otras cosas más
allá, es decir, el mundo. El agua era un medio de información
atendible y preciso: me traía sustancias comestibles que yo absorbía
a través de toda mi superficie y otras incomibles pero a través de
las cuales me hacía una idea de lo que había alrededor. El sistema
era éste: llegaba una ola y yo, pegado al escollo, me levantaba un
poquitito, apenas, me bastaba aflojar un poco la presión y ¡slaff!,
el agua me pasaba por debajo llena de sustancias y sensaciones y estímulos.
Estos estímulos nunca sabías cómo venían, unas veces eran unas
cosquillas que te hacían reventar de risa, otras un
estremecimiento, un ardor, una picazón, de modo que diversión y
emociones
se alternaban
continuamente. Pero no creáis que yo estaba allí, pasivo,
aceptando con la boca abierta todo lo que viniera: desde hacía un
tiempo había ido acumulando experiencia y era capaz de analizar rápidamente
las cosas que me estaban sucediendo y decidir cómo debía
comportarme para aprovechar de la mejor manera o para evitar las
consecuencias más desagradables. Todo estaba en el juego de
contracciones con cada una de mis células, o en aflojarme en el
momento justo; y podía hacer mis selecciones, rechazar, atraer e
incluso escupir.
Así
supe que estaban los otros, en el elemento que me rodeaba sus
huellas abundaban, otros hostilmente distintos de mí o si no
desagradablemente semejantes. No, ahora os estoy dando la idea de
que el mío era un carácter huraño, y no es verdad; desde luego,
cada uno seguía ocupándose de sus cosas, pero la presencia de los
otros me tranquilizaba, describía a mi alrededor un espacio
habitado, me liberaba de la sospecha de constituir una excepción
alarmante por el hecho de que sólo a mí me tocara existir, como un
exilio.
Y
estaban las otras. El agua transmitía una vibración especial, como
un frin-frin-frin, recuerdo cuándo lo noté por primera vez, es
decir, no la primera, recuerdo cuando noté que notaba algo que
siempre había sabido. Al descubrir su existencia me asaltó una
gran curiosidad, no tanto de verlas ni de hacerme ver por ellas
—puesto que, primero, no teníamos vista, y segundo, los sexos
todavía no estaban diferenciados, cada individuo era idéntico a
cualquier otro individuo y mirar a otro o a otra me hubiera dado
tanto gusto como mirarme a mí mismo—, sino la curiosidad de saber
si entre ellas y yo sucedería algo. Me empezó una comezón, no por
hacer algo especial, que no era el caso sabiendo que no había
realmente nada especial que hacer, y no especial tampoco, sino en
cierto modo de responder a aquella vibración con una vibración
correspondiente, o mejor dicho: una vibración personal mía, porque
allí sí que resultaba una cosa que no era exactamente igual a
otra, es decir, vosotros podéis hablar hoy de las hormonas pero
para mí era realmente magnífico.
Y
hete aquí que una de ellas, sflif, sflif, sflif, ponía sus huevos,
y yo, sfluff, sfluff, sfluff, los fecundaba: todo allí dentro del
mar, mezclado, en el agua tibia bajo el sol, no os he dicho que el
sol yo lo sentía, entibiaba el mar y calentaba la roca.
«Una
de ellas», dije. Porque entre todos aquellos mensajes femeninos con
que el mar me sacudía, al principio como una sopa indi-ferenciada
en la cual todo era bueno para mí y yo hozaba en ella sin fijarme
en cómo era ésta y cómo aquélla, en cierto momento comprendí qué
era lo que correspondía mejor a mis gustos, gustos que, claro está,
no conocía antes de aquel momento. En una palabra, me había
enamorado. Vale decir: empecé a reconocer, a aislar de las otras,
los signos de una de aquéllas, y hasta esperaba esos signos que
empezaba a reconocer, los buscaba y respondía a los signos que
aguardaba con otros signos que hacía yo, y era yo quien provocaba
esos signos de ella a los cuales yo respondía con otros signos míos,
es decir, yo estaba enamorado de ella y ella de mí, ¿qué más se
podía pedir a la vida?
Ahora
las costumbres han cambiado, y a vosotros os parece inconcebible que
uno pudiera enamorarse así de cualquiera, sin haberla frecuentado.
Y sin embargo, a través de eso inconfundiblemente suyo que quedaba
disuelto en el agua marina y que las olas ponían a mi disposición
recibía una cantidad de informaciones sobre ella que no podéis
imaginaros, no las informaciones superficiales y genéricas que se
tienen ahora cuando se ve y se huele y se toca y se oye la voz, sino
informaciones acerca de lo esencial, sobre las cuales podía
trabajar después largamente la imaginación. Podía pensarla con
una precisión minuciosa, y no tanto pensar cómo era, que hubiera
sido un modo trivial y grosero de pensarla, sino pensar en ella como
si del ser sin forma que era se hubiese transformado, adaptando una
de las infinitas formas posibles, pero siendo siempre ella. O sea,
110 es que me imaginara las formas que ella podría adoptar, sino
que me imaginaba esa cualidad particular que ella, al adoptarla, daría
a aquella forma.
En
una palabra, la conocía bien. Y no estaba seguro de ella. Me
asaltaban cada tanto sospechas, ansiedades, agitación. No dejaba
traslucir nada, vosotros conocéis mi carácter, pero bajo aquella máscara
de impasibilidad pasaban suposiciones que ni siquiera hoy me atrevo
a confesar. Más de una vez sospeché que me traicionaba, que
mandaba mensajes no sólo a mí sino también a otros, más de una
vez creí haber interceptado uno, o descubrir en uno dirigido a mí
acentos insinceros. Estaba celoso, ahora puedo decirlo, celoso no
tanto por desconfianza de ella, sino por inseguridad de mí mismo:
¿quién me garantizaba que ella hubiera entendido bien quién era
yo? Esta relación que se cumplía entre nosotros dos por intermedio
del agua marina —una relación plena, completa, ¿qué más podía
pretender?— era para mí absolutamente personal, entre dos
individualidades únicas y distintas, ¿pero y para ella? ¿Quién
me garantizaba que lo que ella podía encontrar en mí no lo
encontrase también en otro, o en otros dos o tres o diez o cien
como yo? ¿Quién me aseguraba que el abandono con que ella
participaba en la relación conmigo 110 era un abandono
indiscriminado, a la bartola, una juerga —a cada uno cuando le
tocara— colectiva?
Que
estas sospechas no correspondían a la realidad, me lo confirmaba la
vibración sumisa, privada, por momentos todavía temblorosa de
pudor que tenían nuestras relaciones; ¿pero y si justamente por
timidez e inexperiencia ella no prestara suficiente atención a mis
características y otros aprovecharan para entrometerse? ¿Y si
ella, una novata, creyese que era siempre yo, si no distinguiera a
uno de otro y nuestros juegos más íntimos se extendieran así a un
círculo de desconocidos...?
Fue
entonces cuando me puse a segregar material calcáreo. Quería hacer
algo que señalase mi presencia de manera inequívoca, que
defendiese esa presencia mía individual de la labilidad
indiferenciada de todo el resto. Es inútil que trate de explicar
ahora, acumulando palabras, la novedad de esta intención mía, la
primera palabra que he dicho basta y sobra: hacer, quería hacer, y
considerando que nunca había hecho nada ni pensado que se pudiera
hacer nada, éste era ya un gran acontecimiento. Así empecé a
hacer la primera cosa que se me ocurrió, y era una concha. Desde el
margen de aquel manto carnoso que tenía sobre el cuerpo, empecé a
arrojar a través de ciertas glándulas unas secreciones que describían
una curva todo alrededor, hasta cubrirme de un escudo duro y
abigarrado, áspero por fuera y liso y brillante por dentro.
Naturalmente, yo no tenía manera de controlar la forma de lo que
iba haciendo: estaba allí, siempre acurrucado sobre mí mismo,
callado y lento, y segregaba. Seguí aun después de que la concha
me cubriera todo el cuerpo, y así empecé otra vuelta, en una
palabra, me salía una concha de esas todas atornilladas en espiral
que cuando las veis creéis que son tan difíciles de hacer, cuando
basta insistir y sacar poco a poco el mismo material sin interrupción,
y así crecen una vuelta tras otra.
Desde
el momento en que la hubo, esta concha fue también un lugar
necesario e indispensable para estar dentro, una defensa para
sobrevivir que ay de mí si no la hubiese hecho, pero mientras la
hacía no se me ocurría hacerla porque me sirviera, sino al
contrario, como a uno se le ocurre lanzar una exclamación que muy
bien podría no lanzar y sin embargo la lanza, como quien dice «¡bah!»
o «¡eh!», así hacía yo la concha, es decir, sólo para
expresarme. Y en este expresarme ponía todas las ideas que me
inspiraba aquélla, el desahogo de la rabia que me daba, el modo
amoroso de pensarla, la voluntad de ser para ella, de ser yo el que
fuese yo, y para ella que era ella, y el amor hacia mí mismo que
ponía en el amor hacia ella, todas las cosas que se podían decir
solamente en aquel caparazón de concha enroscada en espiral.
A
intervalos regulares la materia calcárea que segregaba me salía
coloreada, así se formaban muchas hermosas rayas que atravesaban
rectas las espirales y esta concha era algo distinto de mí pero
también mi parte más verdadera, la explicación de quién era yo,
mi retrato traducido a un sistema rítmico de volúmenes y rayas y
colores y materia dura, y era también el retrato de ella traducido
a aquel sistema, pero también el verdadero, idéntico retrato de
ella tal como era, porque al mismo tiempo ella estaba fabricándose
una concha idéntica a la mía y yo sin saberlo copiaba lo que hacía
ella y ella sin saberlo copiaba lo que hacía yo, y todos los demás
copiaban a todos los demás y construían conchas todas iguales, de
tal modo que hubiéramos seguido en el mismo punto de antes si no
fuera por el hecho de que es fácil decir que esas conchas son
iguales, si las miras descubres muchas pequeñas diferencias que a
continuación podrían volverse enormes.
Puedo
decir pues que mi concha se hacía por sí sola, sin que yo pusiese
particular atención en que me saliera bien de esta manera más que
de aquélla, pero eso no quiere decir que entre tanto yo estuviera
distraído, con la cabeza vacía; no, me aplicaba a aquel acto de
segregar, sin distraerme un segundo, sin pensar jamás en otra cosa,
es decir: pensando siempre en otra cosa, puesto que la concha no sabía
pensarla, como por lo demás no sabía pensar en ninguna otra cosa,
sino acompañando el esfuerzo de hacer la concha con el esfuerzo de
pensar que hacía algo, o sea cualquier cosa, o sea todas las cosas
que se pudieran hacer. De modo que no era siquiera un trabajo monótono,
porque el esfuerzo de pensamiento que lo acompañaba se ramificaba
en innumerables tipos de pensamientos que se ramificaban cada uno en
innumerables tipos de acciones que podían servir para hacer cada
uno innumerables cosas, y el hacer cada una de esas cosas estaba
implícito en el hacer crecer la concha, una vuelta tras otra.
II
(Hasta
que ahora, transcurridos quinientos millones de años, miro a mi
alrededor y veo sobre el escollo el terraplén del ferrocarril y el
tren que pasa encima con una comitiva de muchachas holandesas
asomadas a la ventanilla y en el último compartimiento un viajero
solo que lee Heródoto en una edición bilingüe y desaparece en el
túnel sobre el cual corre la carretera para camiones con el gran
cartel «Vuele con Egypt Air» que representa las pirámides, y un
triciclo de heladero trata de pasar a un camión cargado de
ejemplares de la entrega «Rh-Stijl» de una enciclopedia en fascículos,
pero frena y vuelve a la cola, porque la visibilidad está obstruida
por una nube de abejas que cruza la calzada procedente de una fila
de colmenas situadas en un campo del que seguramente se retira una
abeja reina llevándose detrás todo un enjambre en sentido
contrario al del humo del tren que vuelve a aparecer en la punta del
túnel, de modo que no se ve nada debido a ese estrato nebuloso de
abejas y humo de carbón como no sea unos metros más arriba un
campesino que rompe la tierra a golpes de zapa y sin darse cuenta
saca a la luz y vuelve a enterrar un fragmento de zapa neolítica
semejante a la suya, en un huerto que rodea un observatorio astronómico
con sus telescopios apuntando al cielo y en cuyo umbral está
sentada la hija del guardián leyendo el horóscopo en un semanario
que tiene en la cubierta la cara de la protagonista del film
Cleopatra, veo todo esto y no siento ninguna maravilla porque hacer
la concha implicaba también hacer la miel en el panal de cera y el
carbón y los telescopios y el reino de Cleopatra y los films sobre
Cleopatra y las pirámides y el diseño del zodíaco de los astrólogos
caldeos y las guerras y los imperios de que habla Heródoto y las
palabras escritas por Heródoto y las obras escritas en todas las
lenguas incluso las de Spinoza en holandés y el resumen en catorce
líneas de la vida y las obras de Spinoza en el fascículo «Rh-Stijl»
de la enciclopedia en el camión que el triciclo del heladero ha
dejado atrás, y así al hacer la concha me parece también que hice
el resto.
Miro
a mi alrededor ¿y a quién busco? Siempre a ella, la busco
enamorado desde hace quinientos millones de años y veo en la playa
a una bañista holandesa a la que un bañero con cadenita de oro
muestra el enjambre de abejas en el cielo para asustarla, y la
reconozco, es ella, la reconozco por su modo inconfundible de alzar
el hombro hasta tocarse casi una mejilla, estoy casi seguro, y hasta
diría absolutamente seguro si no fuera por cierta semejanza que
encuentro también en la hija del guardián del observatorio astronómico,
y en la fotografía de la actriz caracterizada de Cleopatra, o tal
vez Cleopatra tal como realmente era, por lo que de la verdadera
Cleopatra sigue presente en cada representación de Cleopatra, o en
la reina de las abejas que vuela a la cabeza del enjambre por el
impulso inflexible con que avanza, o en la mujer de papel recortado
y pegado en el parabrisas de plástico del triciclo de los helados,
con un bañador igual al de la bañista en la playa que ahora
escucha por una radio de transistores una voz de mujer que canta, la
misma voz que escucha por su radio el camionero de la enciclopedia,
y también la misma que ahora estoy seguro de haber escuchado
durante quinientos millones de años, sin duda es ella la que
escucho cantar y cuya imagen busco y no veo más que gaviotas
planeando sobre la superficie del mar donde aflora el centelleo de
un cardumen de anchoas y por un momento estoy convencido de
reconocerla en una gaviota hembra y un momento después dudo de que
no sea en cambio una anchoa, pero podría ser igualmente una reina
cualquiera o una esclava nombrada por Heródoto o solamente aludida
en las páginas del volumen que ha dejado para señalar su asiento
el lector que ha salido al pasillo para entablar conversación con
las turistas holandesas, o cualquiera de las turistas holandesas, de
cada una de ellas puedo decirme enamorado y al mismo tiempo seguro
de estar siempre enamorado sólo de ella.
Y
cuanto más enloquezco de amor por cada una de ellas, menos me
decido a decirles: «¡Soy yo!», temiendo equivocarme y más aún,
temiendo que sea ella quien se equivoque, me tome por otro, por
alguien que a juzgar por lo que ella sabe de mí podría ser también
confundido conmigo, por ejemplo, el bañero de la cadenita de oro, o
el director del observatorio astronómico, o una gaviota, o una
anchoa macho, o el lector de Heródoto, o Heródoto en persona, o el
heladero ciclista que ha bajado a la playa por un sendero
polvoriento entre chumberas y está rodeado por las turistas
holandesas en bañador, o Spinoza, o el camionero que lleva en su
cargamento la vida y las obras de Spinoza resumidas y repetidas dos
mil veces, o uno de los zánganos que agonizan en el fondo de la
colmena después de haber cumplido su acto de continuación de la
especie.)
III
...
Esto no quita que la concha fuese sobre todo la concha, con su forma
particular que no podía ser diferente porque era exactamente la
forma que yo le había dado, es decir, la única que yo sabía y
quería darle. Al tener la concha una forma, también había
cambiado la forma del mundo, en el sentido de que ahora comprendía
la forma del mundo tal como era sin la concha, más la forma de la
concha.
Y
esto tenía grandes consecuencias: porque las vibraciones
ondulatorias de la luz, al dar en los cuerpos, les extraen efectos
particulares, el color ante todo, es decir, aquella materia que yo
usaba para hacer las rayas y que vibraba de manera distinta del
resto, pero también el hecho de que un volumen traba una especial
relación de volumen con los otros volúmenes, fenómenos todos de
los cuales yo no podía darme cuenta y que sin embargo existían.
La
concha estaba así en condiciones de producir imágenes visuales de
conchas, que son cosas muy similares —por lo que se sabe— a la
concha misma, sólo que mientras la concha está aquí ellas se
forman en otra parte, posiblemente en una retina. Una imagen
presuponía pues una retina, la cual a su vez presupone un sistema
complicado que remata en un encéfalo. Es decir, que yo al producir
la concha producía también su imagen —y no una sino muchísimas,
porque con una sola concha se pueden hacer todas las imágenes de
concha que se quiera—, pero sólo imágenes potenciales, porque
para formar una imagen se precisa todo lo necesario, como dije
antes: un encéfalo con sus respectivos ganglios ópticos y un
nervio óptico que lleve las vibraciones desde afuera hasta adentro,
nervio óptico que termina por el otro extremo en algo hecho a propósito
para ver lo que hay fuera y que es el ojo. Ahora bien, es ridículo
pensar que teniendo un encéfalo uno mande un nervio como si fuera
un sedal arrojado a la oscuridad y que mientras no le asomen los
ojos no pueda saber si afuera hay o no algo que ver. De ese material
yo no tenía nada; por lo tanto era el menos autorizado para hablar
de él; pero me había formado una idea personal, a saber, que lo
importante era constituir imágenes visuales y los ojos vendrían
después en consecuencia. Por lo tanto me concentraba en hacer de
manera que lo que de mí estaba fuera (y también lo que de mí en
el interior condicionaba lo exterior) pudiera dar lugar a una
imagen, es más, a la que posteriormente se consideraría una bella
imagen (comparándola con otras imágenes definidas menos bellas, feúchas
o feas de asustar).
Un
cuerpo que consigue emitir o reflejar vibraciones luminosas en un
orden distinto y reconocible —pensaba yo—, ¿qué hace con esas
vibraciones? ¿Se las mete en el bolsillo? No, las descarga en el
primero que pasa. ¿Y cómo se comportará éste frente a
vibraciones que no puede utilizar y que tomadas así quizás
molesten un poco? ¿Meterá la cabeza en un agujero? No, las
proyectará en aquella dirección hasta que el punto más expuesto a
las vibraciones ópticas se sensibilice y desarrolle un dispositivo
para disfrutar de ellas en forma de imágenes. En una palabra, el
enlace ojo-encéfalo yo lo pensaba como un túnel excavado desde
fuera, por la fuerza de lo que estaba listo para convertirse en
imagen, más que desde dentro, o sea desde la intención de captar
una imagen cualquiera.
Y
no me equivocaba: todavía hoy estoy seguro de que el esquema —en
líneas generales— era justo. Pero mi error estaba en pensar que
la vista nos vendría a nosotros, es decir, a ella y a mí.
Elaboraba una imagen armoniosa y colorida de mí para poder entrar
en la receptividad visual de ella, ocupar su centro, establecerme
allí a fin de que ella pudiera disfrutar continuamente de mí, con
el sueño y con el recuerdo y con el pensamiento, además de con la
vista. Y yo sentía que al mismo tiempo ella irradiaba una imagen de
sí misma tan perfecta que se impondría a mis sentidos brumosos y
lentos, desarrollando en mí un campo visual interno donde fulguraría
definitivamente.
Nuestros
esfuerzos ríos llevaban así a convertirnos en esos objetos
perfectos de un sentido que aún no se sabía bien qué era y que
después llegó a ser perfecto justamente en función de la perfección
de su objeto, que éramos justamente nosotros. Aludo a la vista,
aludo a los ojos; una sola cosa no había previsto: los ojos que
finalmente se abrieron para vernos eran, no nuestros, sino de otros.
Seres
informes, incoloros, sacos de visceras puestas a la buena de Dios,
poblaban el ambiente que nos rodeaba, sin tener la más mínima idea
de lo que harían de sí mismos, de cómo expresarse y representarse
en una forma estable y acabada de modo que enriqueciera las
posibilidades visuales de quienes la vieran. Van, vienen, se hunden
un poco, emergen un poco en aquel espacio entre aire y agua y
escollo, giran distraídos, dan vueltas; y entre tanto nosotros, yo
y ella y todos los que nos empeñábamos en expresar una forma de
nosotros mismos, estamos allí, abocados a nuestra oscura faena. Por
mérito nuestro, aquel espacio mal diferenciado se convierte en un
campo visual, ¿y quién aprovecha? Esos intrusos, esos que nunca
habían pensado en la posibilidad de la vista (porque como eran
feos, nada hubiesen ganado viéndose entre ellos), esos que habían
sido más sordos a la vocación de la forma. Mientras nosotros,
curvados, despachábamos el grueso del trabajo, esto es: hacer que
hubiera algo que ver, ellos bien callados se quedaban con la parte más
cómoda: adaptar sus perezosos, embrionarios órganos receptivos a
lo que había que recibir, esto es: nuestras imágenes. Y que no me
vengan a decir que el de ellos también fue un parto laborioso: de
aquella papilla mucilaginosa que les llenaba la cabeza podía salir
todo, y no hace falta mucho para sacar un dispositivo fotosensible.
¡Pero para perfeccionarlo, ahí te quiero ver! ¿Cómo haces si no
tienes objetos visibles que ver, y vistosos, y que se impongan a la
vista? En una palabra, se hicieron los ojos a costa nuestra.
Así
pues la visión, nuestra visión que oscuramente esperábamos, fue
la visión que los otros tuvieron de nosotros. Comoquiera que fuese,
la gran revolución se había producido: de pronto en torno a
nosotros se abrieron ojos y córneas, iris y pupilas: ojos túmidos
y descoloridos de pulpos y sepias, ojos atónitos y gelatinosos de
doradas y salmonetes, ojos protuberantes y pedunculados de camarones
y langostas, ojos salientes y facetados de moscas y de hormigas. Una
foca avanza negra y brillante guiñando sus ojos pequeños como
cabezas de alfiler. Un caracol proyecta las bolas de sus ojos en la
punta de largas antenas. Los ojos inexpresivos de una gaviota
escrutan la superficie del agua. Del otro lado de una máscara de
vidrio los ojos fruncidos de un pescador submarino exploran el
fondo. Detrás de unos prismáticos, los ojos de un capitán de
altura y detrás de gafas negras, los ojos de una bañista, hacen
converger sus miradas en mi concha, después las entrelazan, olvidándome.
Enmarcados por lentes de présbita siento los ojos présbitas de un
zoólogo que trata de encuadrarme en el ojo de una Rolleiflex. En
ese momento un cardumen de minúsculas anchoas recién nacidas pasa
delante de mí, tan pequeñas que en cada pececito blanco parece que
sólo hubiera lugar para el punto negro del ojo, y un polvillo de
ojos atraviesa el mar.
Todos
esos ojos eran los míos. Yo los había hecho posibles; yo había
tenido la parte activa; yo les proporcionaba la materia prima, la
imagen. Con los ojos había venido todo lo demás, por lo tanto todo
lo que los otros, al tener ojos, habían llegado a ser, en todas sus
formas y funciones; y la cantidad de cosas que teniendo ojos habían
logrado hacer, en todas sus formas y funciones, salía de lo que yo
había hecho. No por nada estaban implícitas en mi estar allí, en
mi tener relaciones con los otros y las otras, etcétera, en mi
ponerme a hacer la concha, etcétera. En una palabra, lo había
previsto realmente todo.
Y
en el fondo de cada uno de esos ojos habitaba yo, es decir, habitaba
otro yo, una de las imágenes de mí mismo que se encontraba con la
imagen de ella, la imagen más fiel de ella, en el ultramundo que se
abre atravesando la esfera semilíquida del iris, la oscuridad de
las pupilas, el palacio de espejos de la retina, en nuestro
verdadero elemento que se extiende sin orillas ni confines.
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