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FONTCUBERTA,
JOAN (editor):
Estética
Fotográfica.
Ed.
Gustavo Gili. Barcelona, 2003.
textos
de
MINOR
WHITE
recogidos
en el libro Estética Fotográfica
El
ojo y la mente de la cámara (1952)
(…)Mientras
crea, la mente del fotógrafo está en blanco. Debería añadir que
esta condición solo se da en casos especiales, principalmente
cuando se buscan imágenes. Mientras el fotógrafo está en esta
condición, hay algo que le impide descaminarse, que le impide caer
por las alcantarillas o incrustarse contra los parachoques de
camiones detenidos. Para aquellos que comparen ese estar en
blanco con alguna especie de vacío estático, debo explicar que
es un estar en blanco especial. En realidad es un estado
mental muy activo, un estado mental muy receptivo, listo para
cualquier en momento atrapar una imagen sin tener, sin embargo,
ninguna imagen preformada. Deberíamos subrayar que la falta de una
pauta preformada o una idea preconcebida acerca de cómo debe
representar cualquier cosa es esencial para esta condición de estar
en blanco. Tal estado se asemeja al de una película virgen:
parece inerte, pero es tan sensitiva que una fracción de segundo
genera vida en ella (no sólo vida, sino una vida).
De
algún modo este estar en blanco es como el lienzo en blanco de un
pintor, si quisiéramos establecer una analogía e insistir en que
el arte debe partir de la nada –si de un papel en blanco puede
decirse que es nada-. Los poetas compran una resma de papel y se
preguntan qué oscuridad ensombrecerá las hojas o que revelación
iluminará la mente del lector. Pero la blancura del papel tiene muy
poco que ver con su acción creativa. O para el escultor que siente
de alguna manera la forma que yace en un bloque de piedra; la piedra
no está en blanco, sino que es una envoltura que él sólo
pude deshacer. En lo referente a su estado mental creativo, el
fotógrafo probablemente está más emparentado con el escultor, que
trabaja la piedra o la madera, que con el pintor. El fotógrafo
siente que el mundo visual o que todo el mundo de los hechos se
encuentra como escondido bajo envolturas. A menudo dobla una esquina
diciéndose a sí mismo “aquí hay una foto”, y si no la
consigue, se considera insensible. Puede buscarla día tras día
hasta que la imagen se hace visible. Nada ha cambiado, excepto él
mismo; aunque, para ser sinceros, algunas veces debe esperar hasta
que la luz cree la magia.
Este
estado mental es difícil de explicar a quien no lo haya
experimentado. Sensible podría ser la palabra. Sensibilizado
es quizá mejor, ya que no se trata sólo de un estado mental
sensible, sino también el esfuerzo que realiza el fotógrafo para
alcanzar esa condición. Receptividad es un buen término, si
con ello queremos decir una apertura de la mente de la que se deduce
comprensión y entendimiento de todo lo visible. El fotógrafo se
proyecta en todo lo que ve, identificándose con todo para poder
conocerlo y sentirlo mejor. Para alcanzar este estado en blanco es
necesario un esfuerzo, quizá incluso una disciplina. Fuera de este
estado, el fotógrafo ama y odia intensamente, y es consciente de
las áreas de su indiferencia. Fotografía lo que ama porque lo ama,
lo que odia como protesta; y puede dejar a un lado lo que le es
indiferente o fotografiarlo con cualquier técnica y composición
que domine.
Si
caminase a lo largo de una manzana en estado de sensibilización y
armonía con todo lo que viese, se agotaría antes de llegar al
final y acabaría la película mucho antes.
Tal
vez dicho estado mental pueda compararse con una tetera a punto de
hervir. Un poco más de calor (una imagen vista), y la superficie se
vuelve turbulenta.
Posiblemente
el trabajo creativo del fotógrafo consista en parte en alcanzar
este estado mental, llegar a él no es de ninguna manera
automático. Puede ayudar al uso constante de la misma cámara con
propósitos serios, de tal modo que la asociación de la cámara con
la mano conduzca siempre a fotografiar. Pero ciertamente, una vez se
ha alcanzado dicho estado, lo que ocurre posteriormente resulta
incontrolado, como parece que debería ser. Hemos oído hablar de
cantos inspirados, poesía inspirada, es decir producciones hechas
en determinados estados de intensidad o lucidez, cuando la persona
se siente como instrumento de transmisión, como un estrecho canal
entre dos océanos. (…)
Esto
no es tanto una discusión académica sobre el estado mental
creativo del fotógrafo, como un informe de primera mano. El
científico que utiliza como instrumento la cámara probablemente no
tendrá ni idea de lo que estoy hablando. Sin embargo, los
fotógrafos que usan la cámara como un profundo medio de
expresión, o aquellos que la utilizan para documentar situaciones
humanas, habrán experimentado una sensación como si la cámara
desapareciese en la unión entre sujeto y fotógrafo. Y lo que a mí
ahora me impresiona es que ya no me preocupa probar que algunas
fotografías puedan provocar lo mismo en la gente que la pintura (lo
llaman arte). Simplemente pretendo producir en otros cierto
grado de experiencia (¿deberíamos llamarla espiritualidad?
¿Identificación?) utilizando fotografías como estímulo. Y
subrayo fotografías y no los objetos fotografiados. Mientras el
fotógrafo no pueda eliminar el objeto (tampoco se trata de que
quiera destruir la experiencia del mundo visual transformándola en
un mundo inconsciente, y que sea ésa la fuente de su estímulo),
quiere que la fotografía sea la fuente principal de sensaciones del
espectador. Mientras no pueda borrar del espectador las
implicaciones del sujeto, prefiere depender, para obtener dicho
efecto, de las relaciones visuales que están presentes en la
fotografía.
Así
como hablábamos de un estado mental en blanco, acrítico mientras
se fotografiaba, sensibilizado y preparado para cualquier cosa que
pueda ocurrir, una vez el fotógrafo tiene las copias terminadas en
sus manos, necesita hacer uso de la más consciente de las
críticas. ¿Está lo que le pareció ver presente en la
fotografía? Si no, ¿acaso la fotografía le abre los ojos a algo
que no fue capaz de ver por sí mismo? Si es así, ¿se
responsabilizará por el accidente y lo mostrará como algo propio,
o lo considerará como un indicio que su subconsciente debe meditar?
Luego se necesita estudiar más a fondo la reacción de los
espectadores. ¿Acaso se reconocen en la imagen? ¿La entienden? ¿O
suscita emociones totalmente dispares? En este sentido, ésta es la
actividad que conduce al estado mental muy cerca del punto de
ebullición: crítica consciente de las copias nuevas, reflexión
sobre el efecto que producen dichas copias comparándolo con lo que
el fotógrafo pretendía. Sin este cerco de trabajo analítico, el
estado de sensibilidad receptiva, ese estar en blanco, no se
producirá.
Equivalencia:
tendencia perpetua. (1963)
Cuando
hablamos de tendencias, hablamos de cambios, de cambios de estilo de
aquí a allá, y de allá a aquí nuevamente. Las tendencias son
periféricas, y sin embargo nos podemos perder si nuestra
preocupación por ellas es ciega. Hay otra cosa que es central en
los cambios, si tenemos que darle un nombre a esa centralidad, y
creo que debemos. El nombre es “espíritu”. Cada moda, cada
tendencia, cada estilo puede funcionar como una puerta de entrada a
la significación central de la experiencia estética, si el
individuo persiste. Esto es, a pesar de que sigamos tendencias o de
que subamos al carro de los arribistas, siempre podemos salir y
encaminarnos hacia la significación eterna, hacia el espíritu. En
el mejor de los casos los estilos, las tendencias y las modas son
sólo el ropaje de la raison d’être de cualquier arte. En el peor
de los casos, modas, estilos y tendencias funcionan como trampas
para el incauto. Voy hablar aquí de una tradición, de un concepto
y de una disciplina, es decir, el concepto o teoría llamado “equivalencia”
(concepto que Alfred Stieglitz
forjó en los inicios de los años veinte y que practicó el resto
de su vida), por la cual cualquier
estilo, moda o tendencia puede ser trabajada a través, hacia algo
más allá del conformismo de la competencia.
(…)A
un nivel, el nivel grafico, la palabra equivalencia pertenece a la
fotografía misma. Sin embargo esto no quiere decir que una
fotografía que funcione como un equivalente deba poseer determinada
apariencia, estilo, tendencia o moda. La equivalencia es una
función, una experiencia, no una cosa. Cualquier fotografía,
cualquiera que sea la fuente, puede funcionar como equivalente para
alguien, en algún momento, en algún lugar. Si el espectador se da
cuenta de que para él aquello que ve en la imagen corresponde a
algo en su interior (esto es, si la fotografía refleja algo dentro
suyo), entonces su experiencia posee cierto grado de equivalencia.
(…)
En
el nivel siguiente, la palabra equivalencia se relaciona con aquello
que sucede en la mente del espectador cuando mira una fotografía
que le produce un especial sentido de correspondencia con algo que
él sabe de sí mismo. En un tercer nivel equivalencia se refiere a
la experiencia interior de una persona cuando recuerda la imagen
mental sin tener la fotografía a la vista. La imagen recordada
también pertenece a la equivalencia sólo cuando un cierto
sentimiento de correspondencia se encuentra presente. Recordamos
imágenes que queremos recordar. Las razones por las cuales queremos
recordar una imagen varían: por que simplemente nos gusta, o porque
nos disgusta de tal manera que se vuelve compulsiva; o por que nos
ha enseñado algo de nosotros mismos, o por que ha producido un
ligero cambio en nosotros. Tal vez el lector podrá recordar una
imagen luego de cuya visión no se ha sentido el mismo.
(…)En
literatura a este sentimiento específico asociado con una
equivalencia se le llama poético, utilizando la palabra en un
sentido muy amplio y universal. Al no tener un equivalente para la
palabra poético en fotografía, sugerimos la palabra visión,
queriendo significar con ella no sólo ver afuera, sino también ver
adentro. El efecto que parece asociarse entonces con la equivalencia
puede explicarse entonces: cuando se haya trascendido tanto el
objeto como la manera de producirlo, por los medios que sea, aquello
que parece ser materia se convierte en aquello que parece ser
espíritu. (…)
La
equivalencia, espejo de la psique
La
tendencia eterna, tan vieja como el arte, parece haber aparecido en
fotografía a comienzos de este siglo. Al principio fue algo más
bien vago en las obras y escritos de los miembros de la Photo-Secession,
alrededor de Stieglitz y Edward Steichen en Nueva York; luego fue
nombrada, como dijimos, por Stieglitz, en los años veinte. La
tendencia perenne todavía no es entendida por fotógrafos y
críticos.
Parece
haber una creciente preocupación por parte de los pensadores sobre
fotografía en señalar que las personas se ven en las fotografías
a pesar de ellas mismas. Nathan Lyons, director asistente de la
Eastman House, pregunta a sus alumnos si ven lo que creen o creen lo
que ven. Muchos de nosotros vemos lo que queremos ver, o cualquier
otra cosa, pero no lo que en efecto está en la fotografía. Las
cámaras son mucho más imparciales que sus dueños. En otras
palabras, por medio de la proyección y de la empatía, atributos
naturales del hombre, somos conducidos casi automáticamente a
vernos en cada cosa que vemos. Por lo tanto, podemos decir que una
fotografía funciona invariablemente como un espejo de , al menos,
una parte del espectador. De las investigaciones sobre las
respuestas de una audiencia a una fotografía, realizadas en el
Instituto de Tecnología de Rochester, se desprende que muchas
personas ven primero algo de ellas mismas y luego (a veces) al
fotógrafo tras la cámara. Para el inocente y bien intencionado
fotógrafo, la respuesta de un grupo de gente a sus fotografías es
una experiencia descorazonadora. La audiencia ve lo que quiere ver y
no lo que el fotógrafo cree que les está mostrando.
Toda
fotografía produce un cierto reflejo, pero este reflejo es
especialmente fuerte cuando las fotografías son hechas de una
manera estilizada o no literal. El reflejo es también fuerte en
casos en que la presencia del diseño iguala o sobrepasa la
presencia del objeto fotografiado. Ésta es la apariencia usual de
una fotografía creativa que incluye el diseño, su efecto expresivo
y el registro de un objeto estético. Cuando el objeto fotografiado
es transmitido de manera oscura, ambigua, imposible de identificar,
la respuesta a la imagen toma un camino totalmente distinto.
Ya
que muchos de nosotros no tenemos experiencias con imágenes
similares (salvo cuando vemos un cuadro abstracto), trataremos de
acceder a dichas fotografías como si fueran pinturas y buscaremos
las mismas cualidades, valores relacionados y diseños del mundo
pictórico y escultórico. Cuando no podemos identificar el objeto,
nos olvidamos del hecho de que la imagen frente a nosotros puede ser
un documento de alguna parte del mundo que no conocemos. Algunas
veces el arte y la naturaleza se enlazan en dichas fotografías. Las
llamamos abstracciones porque frecuentemente nos recuerdan a
pinturas similares. En realidad son extracciones o aislamientos del
mundo de las apariencias. Esto comporta un problema distinto a las
fotografías con objeto ambiguo o no identificable. Nos hallamos con
un enfrentamiento distinto al mundo de las apariencias, diferente al
mismo tiempo al enfrentamiento de la pintura abstracta. Sin embargo,
la tendencia usual al hacer al hacer el intento de acoger (más que
rechazar) la ambigüedad del objeto en una fotografía es inventar
un objeto. Lo que inventamos está dentro de nosotros. Cuando
inventamos un objeto convertimos la fotografía en espejo de alguna
parte de nosotros mismos.
Editores
como Ralph Hattersey de Infinity Magazine, o yo mismo en Apertura,
que señalamos que la gente se ve a sí misma cuando mira
fotografías, estamos acostumbrados a recibir cartas y artículos de
personas que insisten en no querer resolver rompecabezas. Nos
preguntamos si tales personas tienen el instrumental
emocional-intelectual mínimo para resolver alguno. O cartas de
personas que dicen ser honestas, pero no quieren o no necesitan
enfrascarse en una autobúsqueda. Por cuanto pueda revelar de la
verdadera naturaleza del espectador, mencionaremos que morboso es la
palabra más utilizada por éste durante el estudio consciente de
una fotografía. Parecería que toda búsqueda del alma, que todo
intento de descubrir lo que Platón afirmaba como “conócete a ti
mismo” es considerado como una enfermedad por muchos
norteamericanos contemporáneos. (…)
Y hemos observado que las personas que
exclaman “enfermo, enfermo” no tienen ninguna
imaginación. O bien, por razones oscuras para ellos mismos,
deliberadamente se ciegan a experiencias visuales que pudieran
perturbar su básica inseguridad. Por lo tanto, todas las
posibilidades comunicativo-evocativas de la fotografía constituyen
un mundo cerrado para ellos.
Algunos
fotógrafos contemporáneos, como los ya mencionados (Minor
White, Aaron Siskind, Harry Callahan, Paul Caponigro y otros),
aceptan de buena gana el hecho de que las fotografías son espejos
de algún estado o sentimiento interno del espectador. Ellos se
incluyen como espectadores de sus propias fotografías y
espectadores de los objetos que han seleccionado. Aceptan la verdad
de que las fotografías actúan como catalizadores y, por lo tanto,
son una etapa en el proceso y no un producto terminado. Recuerdan
que una imagen mental en el cerebro de un espectador es más
importante que la fotografía misma.
(…)
Con
la teoría de la equivalencia los fotógrafos tienen una forma de
aprender como utilizar la cámara en relación con la mente, el
corazón, las vísceras y el espíritu de los seres humanos. La
tendencia perenne acaba de empezar en fotografía.
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