TODO ES UNA NADA

Todo lo que existe, todo lo que vive es una Nada. Todo lo que hubo y lo que habrá, todo lo que hay y todo lo que no hay es una Nada. Más allá de lo que cambia, más allá de los orientes y los sentidos, más allá del espacio-tiempo, más allá, hay una Luz; esa Luz es también una Nada.

En su movimiento y expansión esa Luz pura e invisible se hace presente, toma conciencia de sí misma y se emociona; fruto de esta emoción comienza a brotar un agua purísima, un rocío limpio y transparente que es su imagen y su espejo. Esta agua es la Madre, la Primera Imagen, y de ella manan como burbujas, surgen como destellos todas las estrellas del Universo.

Con la Luz nace inmediatamente la Sombra. La Sombra, que no es más que ausencia de luz, es la Primera Forma y el Primer Cuerpo; y de ella, como sombras, aparecen todas las formas y todos los cuerpos. La Luz, que debido a su naturaleza no puede más que brillar y lucir, se extiende por el espacio y lo ilumina. La sombra, cuya presencia depende de la luz, se aferra a ella e intenta capturarla; aísla partículas de luz para su provecho rodeándolas y adhiriéndose a ellas, formando membranas que más tarde serán figuras. Éste es el paso de lo uno a lo múltiple.

Las figuras, que absorben luz para mantenerse, se estructuran en torno a ella como la noche en torno a un fuego o el desierto en torno a un pozo. Cuanta más luz contiene una figura más viva está, más flexible, dúctil y variable; pero a medida que la figura toma de esta luz para crecer y desarrollarse el pozo va resecándose y ella se torna más dura, seca y quebradiza. Finalmente, cuando la luz se agota, la figura se desvanece y su estructura se disuelve en partículas cada vez más esenciales hasta llegar a la luz que generó su forma y a la que ahora ésta regresa.

Según la constitución y disposición de la figura, ésta se destilará en una u otra dirección, acercándose más o menos la luz a su fuente primera; llegando a unirse con ella hasta ser una con ella, en lo que ya dijimos es la primera imagen y por lo tanto la madre de cualquier forma o figura, o quedando atrapada más o menos rápidamente por una nueva membrana de sombra que reproduzca el proceso ya descrito; proceso que se repetirá tantas veces como sea necesario hasta que la luz vuelva al lugar que le es propio, es decir: a su origen.

Hay que decir que la luz mantiene por siempre la memoria del Origen; que el Origen es eternamente presente y que se renueva en ella constantemente. Las formas, que de la luz aparecen, llevan grabado en sus corazones la nostalgia y el anhelo del Origen; pues, al fin y al cabo, el Origen es lo único que vive en ellas, es lo único Vivo en ellas.

Este anhelo por la vida se traduce en dos tipos de movimiento: Uno absorbente, denso y pesado, que tiende a la acumulación y construcción de estructuras cada vez más complejas para retener y aprovechar al máximo la luz capturada; y otro reflexivo, leve y sutil, que tiende a ordenar y simplificar cada vez más estas estructuras a fin de que la luz manteniendo su brillo y esplendor ilumine hasta los puntos más recónditos de dichas estructuras.

Ambos movimientos constituyen las dos direcciones de un mismo eje; cuyo cenit es una luz fulgurante que ha quemado la sombra, y su nadir una sombra densa y opaca que ha obscurecido la luz. 

Ambos extremos se combinan en diferentes proporciones, generando seres que se transforman desdoblándose, reproduciéndose y alimentándose entre sí, dando lugar a un gran árbol formado por innumerables ramas o linajes que se extienden mejorando y potenciando diferentes facetas o cualidades de la mezcla de la cual provienen. 

Estas bulliciosas e incesantes transformaciones se despliegan en todas direcciones configurando una gran esfera en movimiento constante, que renueva incansablemente los procesos que la crean y los repite incontables veces para construir de este modo nuevas y más grandes figuras que recrean hasta el infinito los pasos hasta aquí descritos.

La emoción surge en el ser humano cuando éste toma conciencia de sí y de su relación con todo lo demás; fruto de esta emoción comienza a brotar de él una lágrima. Lágrima que le muestra todo como imagen y espejo; lágrima que cae sobre su pecho y disuelve su forma, desandando paso a paso el hilo constante de imágenes que lo conecta con el agua más pura, con la primera imagen; con La luz que nos dio a luz.

Desentrañando imagen a imagen todas sus imágenes, entra en comprensión de todo su ser. Se hace uno con todo, y se hace uno con Nada. Se desvanece por completo, y es Ser en el Corazón Eterno del Ser.

 

 

 

 

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