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SCHRÖDINGER,
EDWIN:
¿Qué
es la vida?
Tusquets
Editores. Barcelona, 2001.
SOBRE
EL DETERMINISMO Y EL LIBRE ALBEDRÍO
(páginas 133 -139)
Como recompensa por las molestias que me causó el exponer
sine ira et studio el aspecto puramente científico de nuestro
problema, solicito ahora anuencia para añadir mi propia, y
necesariamente subjetiva visión de las implicaciones filosóficas
del mismo.
De acuerdo con la evidencia expuesta en
las páginas precedentes, los acontecimientos espacio-temporales del
cuerpo de un ser vivo que corresponden a la actividad de su mente, a
su autoconciencia u otras acciones, son, si no estrictamente
deterministas, en todo caso estadístico-terministas (teniendo en
cuenta su estructura compleja y la aceptada explicación
estadística de la fisicoquímica). Frente al físico, deseo
resaltar que, en mi opinión, y contrariamente a lo defendido en
algunos círculos, la indeterminación cuántica no desempeña en
estos acontecimientos un papel biológicamente importante, excepto,
tal vez, el de que acentúa su carácter puramente accidental en
fenómenos como la meiosis, la mutación natural y la inducida por
los rayos X, etcétera. En todo caso, esto es obvio y bien
reconocido.
En a poyo a mi argumento, permítaseme
considerar esto como un hecho, como creo lo haría cualquier
biólogo imparcial, si no fuera por esa bien conocida y desagradable
sensación de tener que “declararse a uno mismo un mecanismo puro”.
Pues se supone que semejante declaración se opone al libre
albedrío, tal como lo garantiza la introspección directa.
Pero las experiencias inmediatas, por
variadas y dispares que sean, no pueden lógicamente de por sí
contradecirse entre ellas. Veamos, pues, si es posible llegar a la
conclusión correcta, y no contradictoria de las dos premisas
siguientes:
(i)
mi cuerpo funciona como un mecanismo puro que sigue las leyes
de la naturaleza.
(ii)
Sin embargo, mediante experiencia directa incontrovertible,
sé que estoy dirigiendo sus movimientos, cuyos efectos preveo y
cuyas consecuencias pueden ser fatales y de máxima importancia,
caso en el cual siento y me hago enteramente responsable de ellas.
La única conclusión posible de estos
dos hechos es que yo —es decir, yo en el sentido más amplio de la
palabra, o sea, toda mente consciente que alguna vez haya dicho o
sentido “Yo”—soy la persona, si es que existe alguna, que
controla el “movimiento de los átomos”, de acuerdo con las
leyes de la naturaleza.
Dentro de un ambiente cultural (Kulturkreisj),
donde ciertas concepciones (que alguna vez tuvieron o tienen
todavía un sentido más amplio entre otra gente) han sido limitadas
y especializadas, resulta osado dar a esta sencilla conclusión la
expresión que requiere. Decir en la terminología cristiana: “Por
lo tanto, yo soy Dios Todopoderoso”, resulta a la vez blasfemo y
extravagante. Pero dejemos a un lado este aspecto, por el momento, y
consideremos si la deducción anterior no es acaso la más
aproximada que un biólogo pueda alcanzar para comprobar a la vez la
existencia de Dios y la inmortalidad.
Esta penetración no es nueva. Las
primeras noticias referentes a ella que conozco datan de hace unos
2500 años o más. A partir de las primeras grandes Upanisad, la
identificación ATHMAN = BRAHMAN (el yo personal equivale al eterno Yo
omnipresente que lo abarca todo), lejos de constituir una blasfemia,
era considerada en el pensamiento hindú como la representación de
la quintaesencia de la más honda penetración en los
acontecimientos del mundo. El anhelo de todos los discípulos del
Vedanta era asimilar en sus mentes, después de haber aprendido a
pronunciarlo con sus labios, este pensamiento supremo.
Más tarde, los místicos de todos los
siglos, cada uno en forma independiente pero en completa armonía
entre sí (algo así como las partículas de un gas perfecto), han
descrito su experiencia única en términos
que pueden condensarse en la siguiente frase: DEUS FACTUM SUM
(me he convertido en Dios).
Para la ideología occidental, esta
noción ha seguido siendo extraña, a despecho de Schopenhauer y de
otros que la defendieron, y a pesar, también, de aquellos
verdaderos amantes que, al contemplarse el uno en los ojos del otro,
se dan cuenta de que su pensamiento y su alegría son numéricamente
uno, no meramente similares o idénticos. Sin embargo, suelen estar
demasiado ocupados emocionalmente para dedicarse a pensar con
claridad, con lo cual, en este aspecto, se parecen mucho a los
místicos.
Séame permitido añadir unos pocos
comentarios. La conciencia nunca ha sido experimentada en plural,
sino sólo en singular. Hasta en los casos patológicos de
conciencia desdoblada o doble personalidad, las dos personas
alternan; nunca se manifiestan simultáneamente. En sueños,
desempeñamos varios papeles al mismo tiempo, pero no de forma
indistinta: nosotros somos uno de ellos; en él, actuamos y hablamos
de manera directa, mientras que a menudo esperamos con ansia la
contestación de otra persona, sin darnos cuenta de que somos
nosotros los que dominamos sus movimientos y su lenguaje tanto como
el nuestro propio.
¿Cómo puede entonces formarse la idea
de pluralidad (a la que con tanta energía se oponen los escritores
Upanisad)? La conciencia se encuentra en íntima conexión con el
estado físico de una región limitada de materia, el cuerpo, del
cual depende. (Considérense los cambios de la mente durante el
desarrollo de cuerpo, como la pubertad, el envejecimiento, la
decrepitud, o bien los efectos de la fiebre, la intoxicación, la
narcosis, las lesiones del cerebro, etcétera.) Ahora bien, existe
una gran cantidad de cuerpos similares. Por lo tanto, la
pluralización de conciencias o mentes parece ser una hipótesis muy
sugestiva. Es provable que la hayan aceptado todos los pueblos
simples, al igual que la mayoría de lo filósofos occidentales.
Esto conduce casi inmediatamente a la
invención de almas, tantas como cuerpos, y al problema de si ellas
son mortales como el cuerpo, o bien inmortales u capaces de existir
por sí mismas. La primera alternativa es desagradable, mientras que
la segunda olvida, ignora o niega deliberadamente los hechos en los
cuales están basados la hipótesis de la pluralidad. Todavía
se han hecho preguntas mucho más estúpidas como ¿tienen
alma los animales? Hasta se ha llegado a preguntar si también las
mujeres, o sólo los hombres, poseen almas.
Tales conclusiones, aunque sólo sean
tentativas, deben hacernos sospechosa la hipótesis de la
pluralidad, común a todos los credos occidentales oficiales. Pero
¿no nos inclinamos a disparates mucho más grandes si, al descartar
supersticiones de los mismos, mantenemos una ingenua idea de la
pluralidad de almas, aunque “remediándola” declarando que las
almas son perecederas, que serán aniquiladas con los cuerpos
respectivos?
La única alternativa posible es
sencillamente la de atenerse a la experiencia inmediata de que la
conciencia es un singular del que se desconoce el plural; que existe
una sola cosa y que lo que parece ser una pluralidad no es más que
una serie de aspectos diferentes de esa misma cosa, originados por
una quimera (la palabra hindú: MAJA). La misma ilusión se produce
en una galería de espejos y, en forma análoga, el Gaurisankar y el
Monte Everest parecen ser una misma cima vistos desde valles
diferentes.
Por supuesto, existen historias de
espíritus, cuidadosamente elaboradas, que nos fueron grabadas en la
mente con el fin de entorpecer nuestra aceptación de un
reconocimiento tan sencillo. Entre otras cosas, se ha dicho que
fuera de mi ventana hay un árbol pero que, en realidad, no estoy
viendo ese árbol. Mediante un artificio astuto del que sólo se han
explorado las simples etapas iniciales, el verdadero árbol proyecta
su imagen sobre mi conciencia, y esto es lo único que yo percibo.
Si alguien está a mi lado mirando el mismo árbol, éste también
llegará a proyectar una imagen sobre su alma. Yo veo mi árbol, y
la otra persona el suyo (notablemente parecido al mío), pero ambos
ignoramos lo que es el árbol en sí. Kant es el responsable de esta
extravagancia. En el orden de ideas que considera la conciencia como
un singulare tantum, conviene reemplazar esa extraña idea por la
afirmación de que, evidentemente, no hay más que un solo árbol y
que todo el asunto de las imágenes es un cuento de hadas.
Sin embargo, cada uno de nosotros
tiene la indiscutible impresión de que la suma total de su propia
experiencia y memoria forma una unidad, muy distinta de la de otra
persona. Nos referimos a ella con la palabra “yo”. ¿Qué es ese
“Yo”?
Analizándolo minuciosamente, se
verá que no es más que una colección de datos aislados
(experiencias y recuerdos), o sea, el marco en el cual están
recogidos. En una introspección detenida, se encontrará que lo que
en realidad se quiere decir con “Yo” es ese material de fondo
sobre el cual están coleccionados. Puede usted llegar de un país
lejano, perder de vista a sus amigos, olvidarlos casi del todo; gana
nuevos amigos y comparte la vida con ellos con tanta intensidad como
lo había hecho con los anteriores. Cada vez será menos importante
que, mientras usted vive su nueva vida, se acuerde todavía de la
antigua. “El joven que yo fui” puede usted decir de él en
tercera persona. El protagonista de una novela que esté usted
leyendo probablemente está más cerca de su corazón, y con
seguridad viva para usted con más intensidad y le resulte más
familiar. Sin embargo, no se ha producido una ruptura inmediata, ni
muerte alguna. Incluso si un hábil hipnotizador consiguiera borrar
todas las reminiscencias anteriores, usted no tendría la impresión
de que le han matado a usted. En ningún caso habría que deplorar
la pérdida de una existencia personal.
Ni jamás habrá que deplorarla.
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